Samantha Solstice · Capítulo 01

La caja sin remitente

28 de abril de 2026 · 6 min de lectura

La caja llegó un martes, justo cuando la lluvia empezaba a apretar contra los ventanales del depósito. No tenía remitente, ni sello, ni siquiera una de esas etiquetas amarillas que el servicio nocturno solía pegar en las esquinas. Samantha la dejó sobre la mesa y se quedó mirándola un minuto largo, escuchando el goteo del techo y el zumbido de los fluorescentes.

Llevaba siete años en la Biblioteca Nocturna y se había aprendido el ritmo de las entregas como quien se aprende el latido propio. Había cajas que pesaban demasiado, cajas que olían a humo, cajas que llegaban frías como si hubieran viajado por el fondo de un río. Esta no pesaba nada. Esta no olía a nada. Y aun así, cuando posó la palma encima de la tapa, notó un calor pequeño, justo del tamaño del corazón.

Abrió la caja con el cúter. Dentro había un solo libro encuadernado en tela azul, sin título en la portada, sin autor en el lomo. Lo sacó con cuidado, y en la primera página, escrita a mano y con tinta negra, leyó su nombre.

Samantha Solstice.

Levantó la vista. El depósito estaba vacío, como cada noche. La luz del pasillo se filtraba por la rendija de la puerta como un cuchillo torcido. El reloj de la pared marcaba las tres y cuarto. Volvió a mirar el libro. Su nombre seguía ahí, escrito con una caligrafía que no era la suya pero que conocía demasiado bien.

Pasó la página.

«Samantha tenía siete años cuando aprendió a leer. Su madre le decía que los libros eran cajas pequeñas llenas de gente, y que había que abrirlas con cuidado para no dejar escapar a nadie.»

Tragó saliva. Era cierto. Era exacto. Era la frase que su madre repetía cada noche antes de dormir, cuando todavía vivían en la casa de la calle del puerto y todavía existía la palabra «nosotras». Pero su madre llevaba once años muerta, y nadie, nadie en el mundo, había escuchado esa frase salvo ella.

Pasó otra página.

«El día que cumplió diez, su padre desapareció. No se fue: desapareció. Hay una diferencia, y Samantha la aprendería más tarde, cuando empezara a catalogar libros que nunca habían sido escritos.»

Cerró el libro de golpe. El sonido seco rebotó contra las estanterías del depósito. Se quedó muy quieta, con las dos manos sobre la cubierta azul, como si pudiera sujetar lo que había dentro. El corazón le iba demasiado deprisa para una mujer que llevaba siete años acostumbrándose a no asustarse de nada.

Lo abrió otra vez. Saltó al final, a la última página. Estaba en blanco. Casi en blanco. Abajo, en el margen inferior, había una sola línea escrita con la misma tinta negra:

«Cuando termines de leer esto, vendrán a buscarte.»

Samantha levantó la cabeza despacio. Por primera vez en siete años, escuchó, sobre el goteo del techo y el zumbido de los fluorescentes, otra cosa: pasos. Pasos pequeños, pacientes, subiendo la escalera del depósito, donde a esas horas no debería haber nadie.

Cogió el libro, lo metió debajo del jersey, apagó la luz, y se sentó en el suelo a esperar.

Era martes. Eran las tres y dieciséis. Y Samantha Solstice acababa de empezar, sin saberlo, el primer capítulo de su propia vida.