Samantha Solstice · Capítulo 02
Los pasos en la escalera
Los pasos se detuvieron al otro lado de la puerta. Samantha contó hasta diez, luego hasta veinte, y luego dejó de contar porque le pareció ridículo medir el miedo en números, como si el miedo pudiera convertirse en algo razonable solo con dividirlo en partes pequeñas.
Desde el suelo del depósito veía la rendija inferior de la puerta, y en esa rendija se recortaban dos sombras del tamaño de dos zapatos. No se movían. No respiraban, al menos no con un ritmo que ella pudiera oír.
—Samantha —dijo una voz, y no era una voz amenazante. Era la voz de alguien que sabía perfectamente que estaba al otro lado—. Sé que estás ahí. Llevo siete años esperando este momento.
Apretó el libro azul contra el pecho. La tela azul, áspera bajo el jersey, se le clavaba en las costillas como un secreto que pesara más que el resto del cuerpo.
—¿Quién eres? —preguntó, y le sorprendió el sonido de su propia voz, firme, casi educada, como si estuviera atendiendo al mostrador de devoluciones.
—Soy quien lleva años escribiéndote —respondió la voz—. Y vengo a pedirte disculpas.
Samantha se levantó muy despacio. Encendió la luz del depósito. Cruzó la habitación con el cuidado de quien atraviesa un campo minado de palabras. Cuando puso la mano en el pomo, le tembló por primera vez en siete años, y también esto le pareció ridículo, porque ya había temblado cuando murió su madre, cuando desapareció su padre, cuando entendió que la palabra «nosotras» se había quedado pequeña.
Abrió la puerta.
Al otro lado había un hombre bajo, de pelo blanco corto, con una gabardina demasiado fina para la noche que hacía. En las manos no llevaba nada. En los ojos llevaba la cara de Samantha, exactamente, como si alguien hubiera copiado dos veces el mismo gesto y se hubiera olvidado de cambiar la firma.
—Hola, Samantha —dijo el hombre—. Me temo que tenemos mucho de que hablar.
Ella lo miró durante un tiempo que no se midió en segundos sino en algo más antiguo, una unidad que solo se usa cuando dos personas se reconocen sin haberse visto nunca. Luego habló, y eligió, por instinto, la pregunta más peligrosa de todas las que había en aquel pasillo:
—¿Eres tú quien lo escribe? ¿O eres tú quien lo lee?
El hombre sonrió. Fue una sonrisa pequeña, cansada, casi pidiendo perdón.
—Esa es exactamente la pregunta correcta —dijo—. Y el hecho de que la hayas hecho la primera significa que ya hemos perdido más tiempo del que teníamos.
Detrás de él, al fondo del pasillo, las luces de emergencia parpadearon dos veces y se apagaron. La Biblioteca Nocturna entera quedó a oscuras. Solo el depósito de Samantha, su pequeño cuadrado de luz amarilla, seguía despierto.
—Entra —dijo ella, sin saber muy bien por qué—. Y cierra la puerta.
El hombre obedeció. La puerta se cerró con un clic suave. Y, debajo del jersey, contra las costillas de Samantha, el libro azul se abrió solo por la primera página en blanco que tenía y empezó, sin que nadie lo escribiera, a llenarse de tinta nueva.